Saltar al contenido
Portada » The Power Law, venture capital and the art of disruption

The Power Law, venture capital and the art of disruption

The Power Law Venture Capital and the Making of the New Future de Sebastian Mallaby

The Power Law, venture capital and the art of disruption (La ley de potencia: el capital riesgo y el arte de la disrupción) de Sebastian Mallaby, es un apasionante libro de cómo funciona el capital riesgo, por qué es tan poderoso y cómo ha transformado la economía global.

La idea central del libro es la “ley de potencia”. En el capital riesgo, los retornos no siguen una distribución normal, ni tampoco simplemente exponencial, sino una distribución de tipo ley de potencia, con una cola muy larga. Esto significa que un número muy reducido de inversiones genera la mayoría de los beneficios, mientras que la mayoría de las operaciones pierde dinero o apenas es rentable. Como ejemplo, un solo Google, Alibaba o Facebook compensa decenas de fracasos. Este patrón extremo de resultados explica casi todo el comportamiento y la cultura de los fondos de capital riesgo y por qué tienen que buscar empresas que puedan multiplicarse por 100, no por 2, y por eso están dispuestos a tolerar un gran nivel de riesgo y volatilidad.

Mallaby cuenta esta historia a través de una serie de casos muy bien narrados. Comienza con los primeros tiempos de Silicon Valley y los “Ocho traidores” que abandonaron Shockley Semiconductor para fundar Fairchild, y cómo esa cultura de «spin-offs» dio lugar, a través de redes de personas y capital, a compañías como Intel. En ese recorrido muestra cómo las primeras firmas de capital riesgo, como Kleiner Perkins o Sequoia Capital, fueron refinando un modelo basado en equipos de socios relativamente pequeños, que toman participaciones minoritarias en startups de alto crecimiento, se sientan en el consejo de administración y participan activamente en la estrategia. No son meros financiadores pasivos; son “smart money» que aporta red de contactos, ayuda para contrataciones clave, posicionamiento en el mercado y presión para escalar el negocio.

El libro continúa con los gigantes tecnológicos como Apple, Cisco, Google, Facebook, Uber, Airbnb, Alibaba entre otros. En cada caso, Mallaby muestra cómo el capital riesgo apoyó a fundadores que no encajaban en el molde clásico del “insider” del sector. Jeff Bezos no era librero, Elon Musk no era un directivo del automóvil, y los fundadores de Google eran estudiantes de doctorado sin experiencia empresarial. Como los inversores saben que los expertos a menudo están atrapados en las suposiciones del pasado, tienden a preferir a outsiders con ideas radicales. Su trabajo no consiste en predecir el futuro con precisión, sino en financiar suficientes experimentos audaces como para tropezar con el futuro correcto.

Un tema recurrente es cómo la ley de potencia moldea la toma de decisiones dentro de las propias firmas de capital riesgo. Dado que solo unas pocas inversiones serán realmente relevantes en términos financieros el objetivo es buscar un resultado extraordinario, no algo simplemente bueno. No pueden permitirse respaldar proyectos o empresas con buenas expectativas, necesitan compañías que puedan llegar a dominar mercados globales. Esto genera una obsesión por la velocidad, la escala y el tamaño de mercado. Los fundadores son empujados a crecer más rápido, a expandirse internacionalmente, a levantar rondas cada vez más grandes y a aspirar a posiciones casi monopolísticas. Al mismo tiempo, esta lógica explica la gran tolerancia que existe hacia el caos de las primeras etapas, los modelos de negocio poco probados y los fundadores carismáticos pero difíciles. Perderse el próximo Google es un pecado mucho mayor que financiar un fracaso espectacular.

Mallaby también sitúa el capital riesgo en un contexto global. Describe cómo el modelo de Silicon Valley se extendió a China, Israel, Europa y otros lugares. En China, por ejemplo, inversores extranjeros financiaron el ascenso de Alibaba, JD.com o Meituan, adaptando el playbook a un entorno regulatorio y competitivo muy distinto. El libro muestra que el capital riesgo ha dejado de ser un fenómeno exclusivamente americano para convertirse en un mecanismo global de financiación de la innovación de alto riesgo.

Mallaby analiza también los lados oscuros y las distorsiones que genera la ley de potencia. La obsesión por retornos extremos puede alimentar burbujas y excesos, como se vio en casos como WeWork o en algunos de los periodos más turbulentos de Uber. Los inversores pueden alimentar la arrogancia de algunos fundadores, pasar por alto problemas de gobierno corporativo o empujar a un crecimiento a cualquier precio, con consecuencias para empleados, competidores y ciudades. También señala problemas estructurales como la persistente falta de diversidad en la industria y la concentración del capital en unas pocas zonas del mundo y redes, lo que refuerza desigualdades en quién recibe financiación y quién acumula riqueza.

Otro tema importante es el de las condiciones de política pública e institucional que permitieron florecer al capital riesgo. Mallaby indica cambios en la regulación de los fondos de pensiones en Estados Unidos a finales de los años 70, en la fiscalidad y en la propia estructura jurídica de los fondos, que facilitaron la captación de capital paciente y tolerante al riesgo. Contrasta esto con los intentos de algunos gobiernos de “copiar” Silicon Valley sin acertar en el diseño de incentivos y estructuras y argumenta que los detalles importan mucho; desde cómo se regula la participación accionarial hasta cómo se diseñan los mecanismos de stock options para empleados.

A lo largo del libro, Mallaby sostiene que entender el capital riesgo es clave para entender el capitalismo actual. Dado que buena parte de la creación de valor actual proviene de la tecnología y de los ecosistemas de startups, la lógica de la ley de potencia se extiende más allá del propio sector inversor e influye en cómo se asigna el talento, cómo evolucionan las ciudades, cómo las plataformas reconfiguran industrias enteras e incluso cómo se expresa la competencia geopolítica entre países que intentan construir sus propios polos de innovación.

En última instancia, “The Power Law” deja dos grandes ideas. La primera es que la estructura del capital riesgo, con sus retornos asimétricos y su tolerancia extrema al riesgo, está especialmente bien diseñada para financiar innovación disruptiva y ha sido central en el auge de la economía digital. La segunda, que esa misma estructura genera distorsiones, desigualdades y fragilidades que las sociedades deben gestionar. El libro invita a ver al capital riesgo no solo como un motor de progreso tecnológico, sino como una fuerza ambivalente cuyo objetivo es apostar fuerte por ese puñado de ideas que quizá lo cambien todo.

La evolución de los estilos de inversión

El libro hace un repaso en la historia del VC a través de distintas épocas y personas destacadas:

  • Arthur Rock (El Padre): Se centró en el «Capital de Liberación», respaldando a personas más que a planes de negocio. Un ejemplo de ello son los conocidos como los «ocho traidores» que fundaron Fairchild
  • Don Valentine (Sequoia): Se centró estrictamente en el tamaño del mercado. Su filosofía era que un gran equipo en un mal mercado fracasará, pero un equipo mediocre en un mercado masivo podría tener éxito.
  • Tom Perkins (Kleiner Perkins): Fue pionero en el modelo de financiación «etapa por etapa». Las startups reciben dinero en tramos pequeños a medida que demuestran hitos técnicos o de mercado específicos, reduciendo el riesgo para el inversor.
  • Masayoshi Son (SoftBank): Representa la era moderna del «blitzscaling» e inyecciones masivas de capital, apostando miles de millones para forzar a las empresas como Uber y WeWork a alcanzar el dominio global rápidamente.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *